LA VIOLENCIA EMOCIONAL DE LAS MEDIDAS SANITARIAS EN LA ESCUELA II

Inicia un curso nuevo en un contexto marcado por las normas de seguridad sanitarias en las escuelas. Es sorprendente las medidas tan pautadas en las escuelas -no digo con ello que no pueda tener sentido tomar precauciones en esta situación, si es lo que desde lo sanitario se recomienda, y no desde lo político, que parece no ser lo mismo- y tan laxas en los bares, teniendo en cuenta que hay estudios que hablan de la poca probabilidad de que lxs niñxs contraigan el virus y que además sean agentes de contagio. Es una metáfora social del discurso epidemiológico y económico que impera en nuestras mentes. Este discurso, que atiende ciertos aspectos, está olvidando otros: las necesidades psico-afectivas humanas y además del rango de población más influenciable y tierno de nuestra sociedad, lxs niñxs, lo más preciado de la especie, en el sentido filogénetico y de esencia pura – la infancia guarda el alma humana-.

Lo que expongo a continuación, después de leer, escuchar a gente y llorar un rato, no son reflexiones que surgen de caprichos ni opiniones de gente demasiado sensible que estamos poniendo el foco de atención en lo humano del tema. Tiene que ver con estudios de neurociencia, psicología y educación de los últimos años en los que se ha basado la psicología del desarrollo para explicar las condiciones favorables del crecimiento infantil. Lo que expongo a continuación no tiene que ver con negacionismos, ni conspiraciones, ni cualquier otra categoría en las que no me identifico ni clasifico, ni me interesa. Lo que expongo a continuación tiene el propósito de seguir ampliando el primer artículo que escribí para invitar a que los ojos puedan mirar desde la perspectiva de las necesidades infantiles, son los ojos del corazón, despojados de banderas ni bandos. Cabe aquí recordar que la formación de la personalidad adulta se cimienta sobre las vivencias infantiles, semillas de la neurosis adulta, aspecto ya expliqué en el anterior artículo.

Parecía que, hasta hace poco, podíamos relacionarnos en los espacios exteriores sin mascarilla. Las probabilidades de estar cuidadxs en el exterior pareciera que eran mayores. Parece que ya no se puede. En un momento se reivindicó, y se sigue haciendo, la idea de trasladar parte de las actividades de la escuela al aire libre. Algunos espacios educativos ya lo hacen. En Nueva York se han habilitado espacios públicos para tal cometido con la mirada puesta en que lxs niñxs recuperen espacios de juego sanos y libres de miedo, primero. No con aportar contenidos académicos. Estas generaciones vuelven a la escuela con una mochila cargada de experiencias de una crisis sanitaria. Poder recibirlos para que se comporten como niñxs es un gesto necesario para atenúar los efectos de cualquier trauma que se puede haber generado de esta vivencia confinada, para se coloque en un sitio de calma dentro del cuerpo. El trauma con “t” minúscula es algo mucho más cotidiano de lo que creemos. Tiene que ver con la sensación de que la situación que vivimos nos exige más recursos que lxs que creemos disponer para afrontarla y nos congelamos por dentro. Esa reacción de supervivencia nos impide metabolizar las emociones que nos ayudan transitar ese susto para seguir viviendo en paz. Una escuela que acoge a lxs niñxs teniendo en cuenta su naturaleza favorece que esas posibles experiencias se digieran. Una escuela que impone normas de relación y de movimiento a un nivel altamente restrictivo puede generar más parálisis, dejando de ser un ambiente seguro para ser amenazante. Es normal sentirse violentado si a unx no se le permite ser lo que es. Y en la infancia precisamente somos lo que somos, aún no nos hemos desconectado. Más me preocupan lxs niñxs que se adaptan a este escenario que los que se enfadan y revindican su derecho a la niñez. Adaptarse a un mundo enfermo implica enfermar.

El efecto mascarilla en un entorno que puede llegar a ser vivido como hostil no ayuda a que el sistema nervioso se relaje. La sonrisa genera ese efecto. ¿Recuerdas escenas tensas de tu infancia y que la sonrisa de unx adultx fuese un refugio? La distancia más corta entre dos personas es la sonrisa, porque sentimos que pertenecemos, nos sentimos aceptadxs. La sonrisa puede ser un quita-miedos, un puerto donde sentirse segurx a edades tempranas, y siendo niñx mucho más porque predomina la comunicación no verbal. También, como decía Maturana, nos hacemos humanxs por el reconocimiento mutuo. A través de ti me veo a mí. A través de nuestra relación completa, construyo un yo completo. Las neuronas espejo se activan al visualizar la expresión facial de las emociones de lx otrx, lo que permite desarrollar la empatía. Si suprimimos la expresión de la boca, templo de la comunicación y la expresión por excelencia, estamos interfiriendo en ese reconocimiento, crítico en la infancia; cuando la vida pasa aún por lo sensorial, no lo mental. No por imaginar la sonrisa de la profe a través del brillo de sus ojos sino por verla en su boca. Por otro lado, tapar las sonrisas infantiles, a parte de lo nombrado, a nivel simbólico es tapar una de las cosas más maravillosas de este mundo. ¿Cuántos adultxs hacemos años y siglos de terapia para recuperar esa sonrisa? No es sólo de la sonrisa de lo que hablo cuando la nombro, sinó de la dimensión de vida y salud que se alberga tras ella. Otro tema ¿Cómo es el juego de unxs niñxs jugando juntxs con la boca tapada? Es probable que sea un juego hacia dentro y en lo propio porque el espacio de relación más significativo no se vé. La efectividad del contacto también dependerá de la edad y de los recursos de esx niñx. La pantalla facial interfiere en el intercambio comunicativo usurpando el espacio a la espontaneidad y a la complicidad entre dos rostros intercambiando gestos de su juego, insutituibles con otra parte del cuerpo a ese nivel de interacción.

El efecto distancia social puede acarrear la sensación de que lx otrx es un peligro para mí y yo para ella. Lxs adultxs podemos, más o menos por períodos de tiempo limitados, sostener un cierto grado de distancia en nuestras pieles. A lxs niñxs es pedirles mucho. El sistema nervioso infantil está irrigando las terminaciones nerviosas de la piel (órgano mayor del cuerpo), de la boca, de las manos, en grandes cantidades y en diferentes fases del desarrollo. La exploración y conocimiento del mundo pasa por tocar al otrx de manera espontánea. Que haya líneas en el suelo del patio, que no me pueda mover más allá de mi mesa, que no pueda compartir ciertos objetos, etc., puede crear la sensación de burbuja a mi alrededor. Psicológicamente, este cuidado que se toma a nivel sanitario, puede ser precursor de trastornos asociados a la ansiedad, obsesión y fobias, según se gestione la situación y la base personal de la que parta cada niñx. La creencia que puede subyacer es que el mundo no es un sitio seguro, porque la propia libertad de movimiento, de acción y de relación tienen la semilla del peligro, así que se pueden llegar a codificar estas acciones naturales y necesarias desde el miedo. Depende de cómo, ese miedo puede ser la puerta de entrada a patologías mentales, porque la sensibilidad de la infancia puede llegar a no sostener esas experiencias, anti-naturales de por sí, de forma saludable.

Escuché a una niña decir que era mejor llevar mascarilla que morir. Aquí vemos un ejemplo de como puede hablar el miedo por ella. Cuando estamos asustadxs actúa el sistema de alarma y no podemos pensar ni discernir. Eso nos coloca en un lugar de supervivencia, y podemos llegar a conformarnos con lo que sea, sacrificando la calidad de vida a favor de las migajas de la vida, pensando que eso es lo mejor que podemos obtener y dándole además las gracias. Por otro lado, esta frase nos habla de cómo atribuir a algo externo a nuestro cuerpo la falsa sensación de seguridad. La mascarilla como el escudo contra el dragón. Sería interesante educar en que el poder inmunológico tiene que ver con el funcionamiento interno del cuerpo y qué podemos ser activxs en ello con los hábitos, la alimentación, etc… además de que una mascarilla puede ser de ayuda si se sabe cuándo y cómo usar. Esta filosofía, de que la solución está fuera, es propia de nuestra cultura. La vemos en muchas actitudes cotidianas que nos deja en un lugar de ser víctimas de nuestras propias vidas, generando dependencia de aquéllo a lo que hemos otorgado el poder de protección en detrimento del propio.

La otra cara de la misma moneda es el personal docente y educativo. ¿Cómo viven este papelón que les ha “tocado” desempeñar? En el rol que desempeñan, con la boca tapada y con consignas de control para la salud (salud no es sólo lo físico, sino lo emocional y energético: somos todo eso junto y cada parte se interrelaciona indivisiblmente con la otra), me hacen pensar en policías sanitarixs. La nueva lista de normas y las exigencias con las que se pide cumplirlas deben tener su guardianxs, lo que recae en el equipo educativo. Un de los trabajos más importantes del mundo transformado en agencias de control y de orden: contando metros entre mesas, vigilando abrazos fuera de la burbuja, atendiendo a mascarillas, etc. Según sea la circustancia y los recursos del profesorado veo muy fácil llegar a estresarse, a sentir cierta ansiedad y malestar, condiciones de riesgo para un sector que acarrea ya bastante estrés por las ratios altas y la poca valoración institucional de su labor social. Es también inevitable que si hay intranquilidad en lx profe, el alumnado lo sienta, generando espacios emocionales que pueden ser poco seguros. Cuidar a quien cuida sería lo primero ahora. ¿Cuánto hemos tardado en liberar a las escuelas de doctrinas represivas con paradigmas autoritarios? Venimos de una historia de represión y puede que eso aún nos lleve a confundir responsabilidad con obediencia.

Me sigo sumando a tantas otras voces que hablan de la necesidad de revisiar la escuela. Lo que hasta hoy ha sido ya no sirve para acoger todas las necesidades infantiles con la dignidad y amor que se merecen. Repensar la escuela para que se adapte a lxs niñxs y no que ellxs tengan que repensar el ser niñx para adaptarse a la escuela, siendo ahora un contexto que reduce sus posibilidades de expansión en el periodo más expansivo de la vida. Ojalá esta escuela sea pasajera, sea la punta del iceberg de un sistema educativo en crisis y pueda dar paso a otro paradigma más amoroso. Mientras tanto, veo imprescindible cuestionarse la gestión del asunto para evitar normalizar lo que nos daña como especie.

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