LA VIOLENCIA EMOCIONAL DE LAS MEDIDAS SANITARIAS EN LA ESCUELA

A las puertas de nuevo curso escolar, se nos hace necesario revisar, una vez más, dónde quedan los derechos y necesidades infantiles en la gestión de las medidas sanitarias en la escuela.

Las medidas que se quieren hacer aplicar a lxs profesionalxs de la educación pueden prevenir contagios. Digo pueden porqué no hay pruebas científicas que apoyen que tales medidas son efectivas, por un lado, y por el otro, me parece muy dispar el concepto infancia y ambientes asépticos. No me imagino a niñxs durante tantas horas con mascarilla, a no ser que estén bajo la coacción y manipulación de la pedagogía del miedo. Las medidas pueden prevenir contagios, pero desde luego no previenen la neurosis infantil, más bien la invitan. Me explico.

Todo ser humano adulto es neurótico. Significa que hemos construido una personalidad que nos sirve para navegar por la vida social con sus sabios mecanismos de supervivencia -neuróticos- que nos han protegido en la infancia, con la función de evitarnos sentir daños que no nos hubieran permitido ir hacia adelante en el desarrollo. Hemos creado capas en nuestra cebolla neurótica para protegernos del desamor que, quien más quien menos, hemos vivido en la tierna infancia. La estrategia “capas de cebolla” hecha de culpa, miedo, vergüenza, angustia, infra valorización, perfeccionismo, soberbia, gula… es una manera de reaccionar inherentemente propia de una cultura centrada en los intereses adultxs, que difieren de lxs infantiles. ¡Ojo, como si fuéramos entidades separadas! Pues lo que transitamos en la infancia es la semilla de lo que somos en la adultez -he aquí un ejemplo de la tan famosa fragmentación de nuestros tiempos-. Una cultura adulto céntrica no tiene en cuenta las necesidades infantiles. Esto ya era así antes de la crisis actual, pero la situación presente manifiesta a gritos lo que requiere ser transformado en el sistema, haciendo que las taras sean ya muy evidentes. La neurosis en una persona en desarrollo se dispara cuando sus necesidades genuinas y sus derechos evolutivos no son cubiertos y además no tiene la capacidad de comprender porqué eso no es así; no puede aún discernir lo que está ocurriendo, solo recibe el impacto de lo ocurrido en su inconsciente y eso va a moldear la construcción de su personalidad: su psique y su cuerpo. La buena noticia es que lxs niñxs tienen gran plasticidad neuronal, y como ya hemos visto en el confinamiento, pueden adaptarse a lo que les echen, pero eso no significa que sea a coste cero; tiene un precio que se hará tangible a medida que crezcan.

Por poco que pensemos en unx niñx nos lx imaginamos jugando, tocando, riendo, con mocos colgando de la nariz desde otoño hasta invierno, en contacto con otros cuerpos cercanos como forma de relación, curioseando con su entorno con sus manos, poniéndose cosas en la boca, ensúciandose, o sea, ejerciendo su derecho a la existencia, a la autonomia, a la iniciativa, a la auto-afirmación y a la competencia.

El modelo de niñx que me viene a la cabeza sometido a las medidas sanitarias en la escuela que se proyecta es una especie de robot obediente, desprovisto de su inherente espontaneidad infantil.

Para empezar, taparle la boca a unx niñx casi todo el día puede suponerle dificultades de relación (y respiratorias, ya veremos), y si hablamos de niñxs tímidxs o retraídos socialmente…¡ni te cuento! La escuela es una espacio de socialización entre iguales donde se ponen en marcha los aprendizajes para experimentar el lugar de lx niñx en el grupo, o sea en el mundo, el primer mundo después de la familia.
Tapar la boca no solo no ayuda a ir de dentro hacia afuera, sino al revés. Lx niña se relaciona un 90% en lo no verbal y un 10% en lo verbal, y a más pequeños, más sube el porcentaje de lo no verbal. No poder ver una cara para leer que emoción transmite y por lo tanto cómo seguir relacionándose con esa persona, es una gran pérdida en la comunicación, un corte relacional importante. Cómo adultxs podemos inferir esa mueca oculta detrás de la mascarilla; como niñxs, aún falta tiempo para crear mapas mentales de esa experiencia que permitan orientarse en la relación con lx otrx sin que su rostro sea visible del todo.

Otro aspecto que me parece muy doloroso es la frivolización con la que se imagina controlar a lxs niñxs que presenten síntomas. Tener una habitación para aislarlos es directamente fomentar la estigmatización de ese Ser que está en edad esponja y todo lo que absorbe y no es acompañado desde el amor, puede dejar una huella es su biografía. Será fácil apuntar con el dedo a ese niñx y que se sienta excluidx teniendo en cuenta la sensibilidad infantil extrema por necesitar ser aceptadx y pertenecer al grupo de iguales. Lx niñx con algún síntoma puede vivirse como una amenaza para lxs demás, con la carga de culpa que eso puede añadir “yo-soy-un-peligro-sólo-por existir”. Este concepto atenta directamente contra el dercho a exisitir que instauramos en la fase más temprana de nuestro desarrollo, cuando acabamos de nacer, y genera un efecto de parálisis en la musculatura profunda, no hace falta decir que el movimiento es la expresión de la Vida.

Para seguir, el distanciamiento físico es un aspecto muy comprometido en este momento evolutivo. Como decía, el 90% del mensaje recibido es corporal y eso incluye no solo la vista, sino el tacto, o sea el con-tacto. Prohibir los abrazos es prohibir la humanidad. El contacto relaja el sistema nervioso, tanto en el juego con lxs iguales, como en una situación de contención en que lx maestrx aproxima su cuerpo para sostener físicamente a ese alumnx con una emoción intensa en proceso.

Para terminar, el lavado de manos a modo compulsivo puede dar diana directamente en el hábito de la hiper-higiene, lo que puede ser una semilla para futuros rasgos de personalidad obsesivos y ansiosos. Cuando en la infancia hay un exceso de énfasis sobre la higiene del propio cuerpo generamos una sensación de incomodidad en él, pues no es un sitio de confianza donde estar a gusto si no está limpio, y esa intranquilidad interna puede llevarnos a actitudes neuróticas de exigencia, obsesión, ansiedad, etc. para querer compensar la incomodidad de vivir en un cuerpo que no es un espacio seguro.

Me sumo a todas las voces que estamos mirando esta cuestión con la necesidad imperativa de poner la Vida en el centro, por encima del miedo, y con ello la necesidad de control que no puede tener en cuenta otros aspectos que tienen que ver con la calidad de vida por encima de la supervivencia del terror. Me vuelvo a sumar a las personas que ya hace tiempo venimos apostando por una educación más humanizada, en contacto con la naturaleza humana y planetaria y con ratios inferiores. Me sumo a las familias que os estáis moviendo para que se oiga vuestra voz en no querer escuelas-asépticas. Me sumo al movimiento del cuestionar la necesidad de que la consciencia sea indispensable en las esferas políticas, para que sea impensable que unas medidas sanitarias invisibilicen otro aspecto que realmente es importante y determinante en la vida de un niñx:  sus necesidades psicológicas y motrices ya que son el fondo de reserva para toda su vida. Me sumo a la idea de que ha llegado el momento de repensar la escuela y dejarla de ver como un laboratorio de experimentos sociales con contenidos académicos, sino como un espacio de educación humanizada donde la expresión del Ser -mediante el respeto profundo por las necesidades infantiles- sea más imperativa que su represión, por pandemia que haya.

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