Tal y cómo hablo a mis hijxs, así se hablarán a si mismxs de adultxs

¿Cómo se puede domar la dirección del movimiento del tallo de una flor en busca de la luz? ¿Cómo se puede parar o empujar la fuerza del cauce de un río?

Hago esto como ser humano: domesticar lo natural. Domestico a mis crías humanas. Así consigo convertirlas en futurxs adultxs que auto-impondrán mentalmente a su parte instintiva y emocional como tienen que ser y sobretodo, como tienen que mostrarse a lxs demás. La domesticación viene de afuera en la infancia. Esa programación queda imprimida en el organismo, y de adultx habiéndome tragado ese discurso, me ocupo de seguir auto-domesticándome, creando una enfermiza cárcel interior que hospeda al peor  de lxs enemigx: yo mismx. Esa parte que me amordaza la reconozco como propia, pues me identifico con ella, pero está lejos de mi Ser, es una cristalización del polvo que se ha acumulado alrededor del cuerpo y del alma en los años primerizos, que han formado mi carácter y mi coraza: mi máscara con la que salir al mundo, hecha del material que la cultura  introyecta endovenosamente, mediante la familia y otros sistemas adiestradores. 

Lo que yo soy realmente es la flor que crece o el río que corre, y lo que no soy es la fuerza esforzada que tira del tallo o empuja el río; aunque, hace tanto tiempo que hago esas cosas que creo que soy yo esx.  A pesar de creerme identificadx con ese modo de hacer, detrás del ruido mental, en el silencio que todo lo acoje, hay un recuerdo que se refleja en un espejo antiguo y lleno de polvo:  mi ser auténtico está libre de condicionamientos.

Al hacer un proceso de re-encuentro hacia dentro descubro que estoy fragmentadx. Descubro que hay una parte que es lo que es, sin juicios ni domesticaciones posibles, y otra parte que contiene (o reprime) a ese impulso. Soy la que llora y la que no quiere que la vean llorar, la que grita por dentro y calla por fuera, o la que grita por fuera a modo viquingo y por dentro se culpa indefectiblemente, o la que manipula y a la vez se siente mala persona, o la que controla y a la vez se riñe por hacerlo, o la que se enfada porqué lo que debería ser no es, y un larguísimo etcétera que confronta Lo Que Es con lo que compulsiva y deformadamente nos empeñamos en que sea.

Esta confrontación genera un juego que pone en guerra a diferentes aspectos internos.  Este juego es muy sutil, casi mudo y está tan integrado en nuestro funcionamiento que ni se oye la voz que dicta “cómo debería ser yo o las cosas”. Es necesario prestar atención, recuperar el silencio y ponerse en modo observadorx, como unx espectadorx de los propios actos, pensamientos y emociones. Esa calidad de mirar sin intervenir nos acerca a ver con más claridad quiénes somos originalmente y cómo nos manipulamos para ser otra cosa, aporta la vivencia de sentirme unidx al corazón más allá de la mente que pulsa por dominar.

Esa relación dentro de mi mismx se da entre dos aspectos que conviven en mi cerebro. 

En la parte más primitiva del mismo (instinto y emoción), desde donde vivo las experiencias infantiles,  han tejido mi desarrollo y conformado las bases de mi carácter de adultx. Ese “animalito interior que es el niño pequeño que continua siendo en la psique más arcaica es un ser instintivo”, como dice Claudio Naranjo. 

La otra parte es el cerebro más desarrollado que goza de propiedades cognitivas y por ello tiene la capacidad de analizar, de poner palabras a la experiencia instintiva y emocional. Cuando las afirmaciones que describen la experiencia emocional e instintiva son en corte crítico, amenazante, enjuiciador, censurador, humillante, exigente, controlador, castigador, auto indulgente, etc. mi autoestima está en el sótano de la casa emocional en la que habito. Vale la pena preguntarme entonces: ¿De quién son esas afirmaciones? Si miro debajo de la piel encontraré la respuesta: pertenecen a personas muy significativas para mi, diciéndome ese tipo de cosas en mi pasado, de forma implícita o explícita, cuando era niñx. 

Esa forma de dirigirme a mi mismx integrada en mi adultez determina qué vibración emito, y por ello, qué experiencias atraigo a mi vida. Según la ley de la atracción aquéllo que pasa fuera tiene que ver con lo que pasa dentro, pues las mismas frecuencias vibratorias se encuentran porqué, por ley, se atraen. 

Desde esa atracción y acción el discurso con mis hijxs será muy parecido a mi diálogo interno, el que tengo con tu propio “animalito instintivo”. Si no tolero la frustración o no puedo sostener equivocarme, será difícil que, por mucha teoria de crianza respetuosa que sepa, pueda acompañar y dar la bienvenida a un buen “berrinche” liberador del dolor que produce una experiencia frustrante. La frustración no es más que una reacción emocional puente que vehicula lo que me gustaría que fuera (principio de placer) con lo que es (principio de realidad) y lxs niñxs necesitan mil y una veces traspasar ese puente para ir ajustando sus percepciones interiores a las realidades exteriores, acompañadxs con Amor. Si de adultx no soporto esa reacción, internamente, hay algo de mi que no otorga todo el permiso a ese infante para sentir su emoción hasta el fondo. Desde la mente y desde la voz estoy diciendo “sí hijx, llora”, pero desde el cuerpo y su funcionamiento bioenergético estoy diciendo “¡para de una vez!”, apretando las mandíbulas, tensando las cervicales, sinitiendo presión en los glóbulos oculares, el ano cerrado, las tripas en un puño y todo un seguido de estrategias corporales para cerrar mi capacidad respiratoria, que es la que me posibilita sentir lo que está pasando. Toda mi coraza se pone el servicio de la insensibilización de mi sentir para darle un permiso contrariado al niñx para que se exprese. El mensaje que éste está recibiendo es confuso, pues mamá o papá dice “sí” con la voz pero “no” con el cuerpo. 

En conclusión, cuando la escucha encuentra el alma, q vive en el corazón, es porque el silencio de adentro da espacio a ese re-encuentro recordado.

Re-cordar es volver a pasar por el corazón. El olvido de sí es un mecanismo normalizado socialmente que nos automatiza y oscurece; nos roba que el brillo de la perla que esconde nuestra ostra (o máscara social) emita sus destellos de radiante luz.

El gozo de Ser brilla en la completud, unificación, desfragmentación, entendiendo que la fragmentación se da entre lo que somos (la esencia) y lo que contruimos (el ego).

Cuando paso de la rotura interna a la unidad, la maternidad y la paternidad que ejerzo, acompaña a lxs niñxs a ser seres completos, sin necesidad de separarse de si mismos para ser aceptados y pertenecer a esa familia, que es el sostén de su superviviencia en edades tan tiernas y sensibles. Como niñxs, hacen cualquier cosa para pertenecer a su clan (por Amor) incluso separarse de si mismxs y, y así, vivir vidas a medias. 

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