Què necessiten els nostres infants?

La infancia es “la edad sagrada”, como dice Evânia Reichert, en su famoso libro. Mientras la atravesamos tejemos lo hilos de las ropas que llevaremos después, para toda la vida. Siempre podremos cambiar un botón por una cremallera, o el color de sus telas, así como las medidas o sus tejidos a lo largo de la vida adulta, pero el patrón base viene escrito en esta fase temprana; pues las experiencias que tengamos y los recursos de los que dispongamos para hacerles frente determinarán, en grandísima medida, cómo viviremos después. Cuando somos pequeñ@s no tenemos la capacidad de discernir ni de filtrar, así que la información que nos llega del exterior (y de nuestras sensaciones internas en reacción a éstas) son tomadas como válidas, sin cuestionamiento alguno, lo tomamos como la verdad y en eso se fundamentará nuestro sistema de creencias, después. Por ejemplo, podemos acabar creyendo que somos torpes en matemáticas y buen@s en artes porqué así se asentó esa información en nuestro mapa de creencias, pero… ¿qué tiene de verídica? ¿quién dijo eso?

Claudio Naranjo dice que el problema de nuestro sufrimiento, de nuestra neurosis universal – diagnosticada ya por Freud- parte de nuestra infancia; ejercemos violencia contra los niños y les proyectamos la dureza que cargamos con nosotros. Define a un niño como “un ser que nació libre que poco a poco es domesticado a través del miedo…

Llegados a este punto, nos preguntamos, ¿cómo podemos ayudarnos como especie humana? ¿cómo podemos acoger a nuestras crías cómo son y evitar domesticarlas? ¿cómo educarlas sin que el miedo sea el mecanismo de control? ¿cómo podemos promover la conservación de la gentileza innata que traen l@s niños, al llegar al mundo?

Cito a continuación el doble abordaje que guía nuestro trabajo terapéutico, acompañando a familias en la hazaña de educar a sus crías, en un mundo deshumanizado, las cuales son piedras angulares para una crianza consciente.

Primero, poner la mirada hacia adentro. Limpiar las propias telarañas interiores, sacar a ventilar los amados trapos sucios internos y conocerse en los movimientos caracteriales automáticos que se activan en la relación con el otro. Detrás de esos automatismos -como pegar un grito si el niñ@ no nos hace caso, desesperarse porque no deja de llorar, perder la paciencia si no recibe un límite a la primera, o sentirse estresada por los quehaceres cotidianos- existe un espacio de silencio y de contacto con un@ misma a un nivel más simple y esencial. Desde ese nivel pre-verbal debla mente profunda, más emocional/instintivo/corporal, brota la gentileza del amor. De esa gentileza inocente y pura está replet@ el niñ@ cuando llega a este mundo. Es necesario que como adult@s la recuperemos limpiando capas de protección que nos separan de ese amor innato, para así, entrar en contacto con ell@s de forma genuina. El peso de lo automático es de varias toneladas y requiere de un proceso interno de desaprendizaje para irse aligerando de la armadura y dejando salir a pasear la vulnerabilidad, que se asoma en l@s adult@s que han retomado el contacto con su niñ@a de dentro, gracias a procesos de crecimiento personal.

Segundo, poner la mirada hacia afuera; qué hacemos con los niñ@s para acompañarles en su crecimiento. La intuición es la primera gran aliada para acompañarles, el sentido común y el aprendizaje acumulado en la vida. Todo ello está plagado de buenas intenciones. Cabe decir que a veces las mejores intenciones no acarrean los mejores resultados. En este caso, la información, ayuda. Actualmente la neurociencia y sus investigaciones nos brindan conocimientos sobre el desarrollo evolutivo en lo cognitivo, corporal y emocional de una persona. ¿Cómo y cuándo se forman las funciones complejas del cerebro? ¿O sea, cuando podemos esperar que un niñ@ tenga empatía, sepa controlar sus impulsos y tome decisiones? Ser conocedores de esta información nos aproxima a la realidad interna sobre cómo “funcionamos”, como si de una manual de instrucciones se tratara, y eso nos ayuda a generar las expectativas adecuadas para no pedirle peras al olmo; o sea,? no pedirle  al niñ@ que comparta sus juguetes si aún está en una fase evolutiva de puro “Yo” (egocentrismo evolutivo) o no hacer caminar a una niñ@ cuando su musculatura aún es flácida y no recibe órdenes de movimientos voluntarios del cerebro. ¿Lo sujetarías de pie y le pondrías una pierna delante de la otra para que “aprenda” a caminar? No. En cambio, sí que se nos ocurre sentar a un niño en un orinal para que “aprenda”, antes de escuchar si sus funciones madurativas están listas para controlar sus esfínteres. Acveces nos empeñamos en que aprendan a leer sentándolos delante de unas letras, antes de que su cerebro haya desarrollado la capacidad de la función simbólica, y con ello ningún interés genuino por conocerlas. No hacemos cosas así por dañar, sino con el pretexto de “ayudar”. En nombre de la ayuda hacemos barbaridades si actuamos desde la ignorancia, pero si tenemos conocimiento de causa la ayuda puede ayudar a prevenir neurosis cotidianas y enfermedades más graves, en un futuro. 

Retomando el símil, es probable que muchos nos leeríamos las instrucciones de un electrodoméstico bien sofisticado antes de usarlo. En cambio, no tenemos información sobre cómo se comporta nuestro desarrollo humano, para relacionarnos con nuestras crías de la manera más ajustada a sus posibilidades, lo cual sería un gran paso de cuidado hacia nuestra especie.

¿Qué iría bien que supiéramos, entonces? Os lo narro  en un pequeño cuento. 

Érase una vez un embrión que se hizo feto, mientras bebía y comía de mamá. Se alimentaba de sus alimentos físicos y emocionales. Todo lo ingería de ella. Sus comidas, cenas, almuerzos y también alegrías, penas, rabias y miedos. Directamente, y sin filtro, de lo que recibía iba formando su estructura, la base de su ser. De todo lo ingerido, combinado a aquéllo que él/ella traía, se formaría su temperamento.

Saldría berreando o de lo contrario saldría sin decir ni mu, al nacer. De la misma manera como mamá -primero- y papá -después- lo/la mirarían, la hablarían, tocarían, pensarían, sentirían, así se miraría, hablaría, sentiría, tocaría, pensaría a si mism@. Ya desde entonces, a través de la relación con mamá, se forjaría la relación con el sí mism@. Este ser saldría al mundo a través de un parto, más o menos humanizado, lo cuál sería la primera experiencia de tránsito de un estado a otro, lo bastante significativa como para dejar huellas somáticas (pre-verbales) en su organismo. Cómo él/ella viviera ese tránsito y fuera recibid@ en ese nuevo medio, así se empezarían a pintar el color de las gafas con el que ver el mundo: ¿es un lugar tranquilo u hostil? Aquellas primeras relaciones registradas a nivel primitivo y profundo en ese delicado sistema nervioso quedarían imprimidas para siempre.

Después mamá empezaría a relacionarse con su bebé e inconscientemente a darle un lugar más a menos seguro en su regazo, que él o ella traduciría como su derecho a existir, a ser aceptado. Pasarían los días, los meses y los años y el bebé empezaría a ejercer du derecho a ver satisfechas las necesidades de afecto, sueño, abrigo y alimentación, contacto. El afecto hecho mirada, balanceo, atención, carícia y “palabras de chocolate”, lo ayudarían a establecer la confianza básica en la vida.

Pasados unos meses, enpezaría a desplazarse, a tener intenciones y voluntad; y, con ello, empezaría a tener ganas de descubrir el mundo.Papá entraría en escena como una figura significativa ahora que él/ella se interesaría por lo que hay más allá de mamá: papá, el mundo. Entonces empezaría a querer hacer las cosas a su manera, a ejercer el derecho a la individualización, a decir que “no” cada vez que se pudiese, aunque quisiera decir que sí, sólo para sentir que él/ella “Es” un ser diferente al otro.

Más adelante buscaría a sus amig@s con quienes jugar, explorar el mundo y sus cuerpos, que progresivamente seguirían despertando en su inocente y globalizada sexualidad infantil, cargada de fuerza, de curiosidad, de juego y de placer sensorial.

Más tarde, un mundo simbólico se seguiría abriendo a sus pies mediante una primavera de conexiones neuronales , que ya había sido explorado a través del juego más iniciático. Ahora se acercaría al mundo adulto a través de las letras y los números que empezarían a ser interesantes, se abrirían ventanas al conocimiento abstracto.

Y después de eso, de saberse existiendo, de saberse individual, de saberse niño o niña, de saberse competente; o sea, de saberse y sentirse si mism@, seguiría creciendo hacia la adolescencia, donde encontraría una caja cerrada con cerrojo, cuya llave portaría en el bolsillo. Cuando su tapa se abriera, saldrían con la fuerza de las hormonas los asuntos pendientes que quedarían por cocinar en la infancia.

¿Qué pasó cuando mamá estaba deprimida en su nacimiento? Registró que era un estorbo. ¿Qué pasó cuando el tacto de piel era escaso y sólo en los momentos de la higiene? Registró que tocarse era poco habitual y tenía dificultades para hallar los límites, empezando por los de su propio cuerpo y después los del mundo. ¿Qué pasó cuando quiso decir que “no” tantas veces y lo riñeron por “desobediente”? Registró que autoafirmarse y usar la propia fuerza para vivir lo ponían en conflicto con sus seres más amados. ¿Qué pasó cuando quería ese sombrero de pluma azul y alguien dijo “ese no” por ser azul? Registró que el mundo está separado en niños y niñas y que hay cosas que unos pueden mientras las otras no. ¿Que pasó, qué pasó, que pasó…?

A todos nos pasaron cosas en cada etapa y afianzaríamos virtudes como la auto-aceptación, la confianza, la iniciativa, la voluntad, la independencia, etc en experiencias de unión con l@s cuidador@s y por ende, con nostr@s midm@s. Sin embargo, según el tipo de infancia y cómo la viviéramos, en más o menos medida, todos perderíamos alguna porción de nuestra energía vital en cada etapa. Por ellos de mayores nos volveríamos retraídos, dependientes, inseguros, depresiv@s, tímidos, desconfiados, etc. pues alguna necesidad evolutiva quedó a medio coser, con la mejor de las intenciones de quien nos cuidó. 

Podemos mirar el cuadro de nuestra biografía desde lejos y ver que la composición es totalmente aceptable. Podemos acercarnos y mirar cada pigmento que unido al otro forma el todo. Actualmente podemos gozar del lujo y ejercer el derecho de mirar con lupa, a través de estas pinceladas de información que nos invitan a poder acompañar desarrollos más sanos para que l@s niñ@s de hoy puedan ser adultos más sanos mañana. Usar la información al favor del cuidado de la especie es un regalo que podemos tomar, sin que ese conocimiento genere niños burbuja ni ma-padres culposos, excesivamente cautelosos, por ser conocedores del poder que tiene su estilo de crianza y la forma de ejercer la autoridad sobre sus descendientes. ¡He aquí otro gran reto de la educación del presente!: transformar la culpa en responsabilidad. Mirarse con amor y ver que en la imperfección reside la oportunidad de aprendizaje, mirar con amor a l@s niñ@s, sabiendo que esa mirada gentil significa aceptarles con lo que son, con sus necesidades y capacidades evolutivas, más allá de lo que queramos que hagan o de quien queramos que sean.

 

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